¿Quién tiene la culpa?

Quiero hablar de eso tan Occidental de sentirnos culpables, eso tan femenino. Ese sentimiento no ha estado siempre aquí junto nosotras, al menos de la manera en que lo sentimos ahora. Para entender en que forma se nos añadió esa carga, os invito a viajar en el tiempo, a principios de la Baja Edad Media.

La Iglesia a partir del siglo XII empezó a realizar ciertas transformaciones en su seno interno que condicionarían su estructura y las conciencias de las gentes de Europa.

En esa época comenzaron a hacerse imprescindibles ciertos juramentos delante de Dios, cosa que hasta entonces se consideraba casi pecaminosa. Por ejemplo, el matrimonio, que hasta ese momento era un pacto entre familias, podríamos decir que se institucionalizó y se hizo necesario que se jurara ante Dios y el pastor.

Las torres de las Iglesias se hicieron habituales en el territorio europeo, que pasó de ser una zona de caseríos a un mar de campanarios. Imaginaros la impresión de ver por todas partes la Iglesia y su torre. Se sentió así la presencia constante de un poder muy concreto y terrenal.

También la iconografía de las Iglesias se modificó y apareció la imagen de un Dios Juez, escrutador de nuestros actos
Pantocrator de Taüll. También la iconografía de las Iglesias se modificó y apareció la imagen de un Dios Juez, escrutador de nuestros actos

En el Concilio Laterán (1215) se afianzaron estos cambios y se  pusieron por escrito ciertas disposiciones de las que aún notamos su eco, por ejemplo: “Todo cristiano, hombre o mujer, acudirá una vez al año a su pastor y confesará sus pecados pues de lo contrario se enfrenartarà el castigo de irse al infierno en un estado grave y doloroso pecado”. Imaginaros las terribles consecuencias de obligar a la confesión. Entre otras cosas, con ello el pastor se erige en juez y obtiene una posición jurídica.

Nos cuenta Ivan Illich en los textos recopilados bajo el nombre Ríos al norte del futuro:

El pastor es identificado como alguien que, en secreto, juzga y asume una posición jurídica frente a cada cristiano, hombre o mujer. El perdón del pecado se transforma en un acto jurídico, organizado bajo un modelo jerárquico que desciende desde el campanario hasta alcanzar los corazones de la gente.

En el dejó de existir la distinción clara entre el sentimiento personal de sentirse culpable y el sentimiento de culpa resultante de la desobediencia a las reglas de la Iglesia. Se creó el fuero interno y la gente comenzó a sentirse atada a las leyes de la Iglesia. La Iglesia perparó el sustrato al abolir, o al menos adelgazar y hacer permeable la frontera entre lo que es verdadero y lo que es ordenado.

Esta dimensión del fracaso, de la falta, que es tan íntima, tan personal, cambia a través de la criminalización y por la forma como el perdón se convierte en una cuestión de remisión legal. Una vez que el pecador es obligado a buscar la reducción jurídica de su crimen, su pena y su esperanza en la misericorida de Dios pasan a una segundo término. La oscuridad adquiere nuevos contornos: el miedo a los demonios, a las BRUJAS, a la magia. La profundidad de tales miedos también se expresa en la esperanza que se concede a la ciencia como el medio para desterrar esas sombras.

Yo misma he puesto en mayúscula una palabra que me parece clave para seguir con esta historia: las brujas. Toda esta nueva noción de culpabilidad allanó el camino la Caza de Brujas. Una de las mayores matanzas de inocentes que a vivido Europa, en este caso a las mujeres.

El primer escalón, la Bula Papal de 1233 dirigida a grupos heréticos como los cátaros y templarios que serían acusados de adorar al diablo. Allí aparecía por primera vez el concepto de invocación diabólica. Eso es un cambio crucial de mentalidad, porque por primera vez se vincularon las prácticas mágicas con el diablo. Hasta entonces no había sido así, porque la teología oficial había considerado a las hechiceras y creencias de este tipo, paganas, es decir no cristianas y por lo tanto, falsas.

A lo largo del siglo XIV se extiende la noción de complot diabólico entre la población que se traduce en algunos casos en acciones violentas contra los supuestos grupos diabólicos. Esas acciones se han considerado antecedentes de la aparición de la noción “secta de brujas” y la represión ejercida en el siguiente siglo. Se empezó a erigir un cuerpo teológico-legal según el cual la mujer hechicera deja de ser vista como una adepta a cultos paganos para convertirse en una servidora del diablo.

Y con todo eso, no solo nos mataron a muchas. También adoctrinaron a toda la cristiandad, dejando un poso de culpa en cada uno de nuestros actos.

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