La muerte y la esperanza

El Imperio romano ofrecía, “en las atestadas calles, bazares y foros públicos, a la fragmentada y trastornada población continuas seguridades no verbales de que el nuevo orden romano no sólo era natural, sino que había de perdurar”. Y no era verdad, porque todo lo humano es caduco. Esa es nuestra suerte.

bergerbento
Dibujo de John Berger. Cuaderno de Bento.

No solo eso. Tengamos por seguro que en medio del entramado imperial hubo contestación al orden injusto, intentos de crear mundos mejores. Es difícil rescatar de los datos que nos llegan de las afrentas y rebeliones populares que seguro se daban en tantos lugares. Tenemos certeza que fue así, porque forma parte de nuestra condición vivir con contra lo malo y luchar por la esperanza. Hasta en los peores momentos. Creo que una de las prioridades de los historiadores debería ser enseñarnos estos intentos esperanzadores, aunque no terminaran bien.

Efectivamente, nos quedan algunos ecos. Algunos datos dispersos y distorsionados. Por ejemplo, sabemos que un hombre de origen judío llamado algo así como Jesús entró en Jerusalén para predicar el fin del imperio y de la injusticia del orden imperante. También sabemos que por eso mismo las autoridades romanas lo mataron. Una muerte dura, lenta y cruenta en una cruz. Una muerte que causó una desazón profunda entre sus seguidores, un impacto imborrable.

Pero eso no fue todo. Su historia no había hecho más que empezar, gracias sobretodo a unas mujeres que decidieron convertir la tragedia en esperanza. Ellas fueron a la tumba de su líder y anunciaron que no estaba allí, que se había  levantado y que se encontraba entre nosotros. Lejos o creca. Tal vez vendría a visitarnos a casa para reconfortarnos algun día. Tal vez. Era imposible de saber. Tampoco sabemos como era su cara, así que podía ser cualquiera. A todo el mundo había que tratar como si de él se tratara.

Sus seguidores empezaron a reunirse al calor de esa esperanza. Y formaron comunidades de ayuda, radicalmente igualitarias.  Y de allí surgió el inicio de lo que tiempo después conoceríamos como cirisitanismo y que, por desgracia, ya no tiene casi nada de esperanza. Pero esa es otra historia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *