Ha llegado la noche

Ha llegado la noche en alguna ciudad de Europa Occidental. Una ciudad gris, como todas. El recién nacido está acurrucado al lado de su madre en la cama. No hace más de dos días que está entre nosotros. La lucecita de la mesilla de noche le ilumina a él y a su madre. El pequeño dormilón tiene puesto un pijama verde claro de algodón, algodón 100%.

Londres, 1952, imagen de Robert Frank (Zúrich, 1924)
Londres, 1952, imagen de Robert Frank (Zúrich, 1924)

A pesar del cansancio, a pesar de que aún se ven los surcos que han dejado las lágrimas en sus mejíllas, la madre se siente feliz, en este mismo instante. Feliz y sola. Cólera y ternura.

No se levantaría en la vida de allí. No quiere moverse nunca más. No quiere más obligaciones, no quiere tener que hacer nada más que estar allí desnuda al lado de su hijo.

Pero deberá hacerlo pronto. La ropa mojada de la lavadora martillea en su cerebro. La vecina que ha dicho que vendría. La cocina sin recoger. El comedor sin barrer.

Y el montón de libros sin leer.

Cierra los ojos antes de levantarse. Rememora con regocijo cada detalle del parto. Quiere volver allí. A gritar. A cogerse fuerte de la mano de algún desconocido. Quiere volver a sentir como el cuerpecito de su bebé pasa por entre sus piernas y finalmente, sale a la luz. A la vida. Quiere volver a llorar de emoción y dejarse ir. Quedarse con su bebé encima de su barriga mientras esperan que el cordón deje de latir.

Pero ahora está aquí y debe levantarse. Se viste con cualquier cosa. Se recoge el pelo y aún saborea el momento mirando por la ventana. En la calle todo apunta que debe hacer frío. Porque hay poca gente en la calle y los que se dejan ver pasan deprisa. A pesar de los guantes, el gorro y la bufanda tienen frío.

De repente suena el teléfono. Qué sobresalto. Corre a cogerlo. Es su madre. “¿Como estás? Estoy preocupada. Vente a casa. O vengo yo. ¿El pequeño?”…casi no puede escucharla. Esta ensimismada. Mejor dicho, aturdida.

Al colgar recuerda que hace unas horas ha colgado de igual manera el teléfono. Y ha llorado después un buen rato. Era el padre de su hijo. Ese hombre no es buena persona. Mucha gente puede confirmarlo. Le ha dicho que se va lejos. Que no sabe cuando volverá. Y ella le ha dicho que mejor no vuelva, pero lo ha sentido en el alma.

Ahora piensa que menos mal. Que de buena se ha librado. Pero está sola y sabe que eso le va a complicar todo un poco. La vida, que ahora es doble.

Tal vez le hará caso a su madre y se irá con ella una temporada…

Pero antes de eso, se tomará un café en medio del silencio. Un café muy caliente y cargado, mientras un cuerpecito recién nacido, metido en un pijama verde 100% algodón duerme plácidamente.

Continuará.

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