Como el pan

Me doy cuenta que escribo como hago pan.

No peso los ingredientes, sino que los añado a ojo. Creo que es porque tengo prisa en unirlos, soy impaciente.

Luego amaso, releeo. Y noto que falta agua, o harina y añado. No soy perfeccionista, pruebo, corto y quito a discreción. Va tomando forma.

Soy de masas duras, las húmedas se me pegan en las manos, cuesta más que cojan forma. Ya he dicho que soy impaciente.

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Horno del palacio de Ramsses III

Si no puedo con ella, la dejo reposar, igual que con las palabras que a veces necesitan estar solas.

También si la masa queda bonita, la debes dejar reposar.

Vuelves al rato. Y vas viendo, si ese pan será bueno o pasable. O habrá que empezar de nuevo.

A veces esa masa, ese texto, está tan bien como si no lo hubieras hecho tu.

Finalmente lo horneas. Con el texto, lo das a conocer. El horno es el momento definitivo, el más bonito y el más mágico. Cuando vienen las sorpresas. El pan crece o crece el texto con las lecturas que los demás le dan.

Vaya! Sale como no esperabas, más bueno, más esponjoso. Tiene vida propia…

O no crece nada. Es incomestible y va directo a la papelera. Otra vez será.

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