Atando cabos

Me encuentro enfrescada en una lectura bonita, muy adecuada para este momento de mi vida, La Resistència Íntima, de J. M. Esquirol. Hay una traducción al castellano de Acantilado. Os lo recomiendo.

En un momento del texto nos cuenta la etimología maravillosa de la palabra latina nihil, nada. Podría tratarse de la composición de dos palabras ne-hilum, sin hilo.

El hilo como símbolo e imágen universal del vínculo.

El cordón umbilical es el primer hilo. Una atadura física desde donde nos vamos creando, literalmente, como personas individuales.

El hilo mitológico de Ariadna, con el que consigue salvar a Teseo.

El hilo simbólico de las relaciones humanas.

Cuando tenemos unos meses de vida, aparece una consciencia trasdendental para nuestra especie, aquella que nos alerta de que somos personas individuales, un ser diferente. Justo en ese instante parece la primera angustia, la angustia de la soledad, de la separación. El bebé, que hasta entonces solo lloraba por hambre o sueño o incomodidad, empieza a llorar por soledad. Consciente que es otro diferente a su madre intenta lanzar un hilo imaginario para poder construir su primer vínculo. Y allí empieza también la reciprocidad. El esfuerzo del bebé para crear un vínculo con su llanto, con su demanda de amor, lleva a la madre directa e insconscientemente a ese primer llanto que ella una vez lloró y le provoca empatía profunda.

Esa soy yo, que me transformo a cada llanto. Me voy dando cuenta que la vida es eso sobretodo, los hilos que echamos hacia los demás, aquellos que nos ofrecen. Toda esa red de relaciones que se teje a nuestro alrdedor.

Todo ello me hace pensar en el poema Ariane, de J. Sarrionandia. Voy a tener el atrevimiento de traducirlo al castellano porque me parece que lo que dice es pertinente aquí. Espero que los profesionales del asunto me sepan disculpar los errores (y cualquier sugerencia es bienvenida)

Los hilos de los padres, los hilos del destino, los hilos de cada cuerpo, de los amigos. Maneras largas de tropezarse, los hilos.

Los hilos que nos atan, hilos como largos amores. Como con los títeres, a veces están tirantes, a veces en calma, o enredados.

Y vivir así con los hilos, adaptándonos a ellos, haciéndoles caso, tirando en contra, cautivos de ellos.

Pongamos que pasamos así 40 años…y de repente nos damos cuenta de que no, que son como rayos de sol o de luna, los hilos.

Que no te unen y al final, que no tienes hilos.

Hace unos años, leí este poema como un canto a la libertad.

Hoy lo leo como síntoma de una angustía. Perder los hilos, no ser conscientes de ellos, pensar que podemos obiarlos, que somos tan fuertes como para olvidar esa primera angustia, es uno de los problemas que nos acechan…el de la individualidad mal entendida.

Mi hija mayor se llama Ariadna. Ahora, pasados los años, me doy cuenta de lo adecuado de su nombre, porque ella fue la primera que me lanzó un cabo de la cuerda y tiró y tiró de ella… que me involucró y me hizo consciente de lo primordial y primario de las relaciones de amor.

Nihil, sin hilo, es sinónimo de nada en latín. Porque no tenemos nada sin hilos que nos aten a lo real, a lo necesario, a los demás.

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