Tengo tres hijas

La primera fue la más difícil para mi. No por ella. Ella es fantástica, es fácil tratarla y estar a su lado. Sonríe y baila y canta.

Pero para mi fue difícil por lo que supone de ruptura.

Una de las cosas que más me costaron fue romper con mi vida anterior. Lo de antes, esa libertad de acción, esos días en los que solo pensaba en mi y mi felicidad, es la vida valorada.

La de ahora, con rutinas imperturbables, comidas que hay que hacer, despertares, gente a la que debes acopañar al baño, bebés a las que tienes que alimentar con tu propio cuerpo. Esas cosas solo se hacen con entrega, una palabra que no está de moda.

A eso le añadimos la soledad con la que afrontas esta ruptura. Una soledad en muchos casos sin compresión, sin ayudas y sin modelos. Bueno sí, hay algunos modelos que no me han servido de nada y otros que poco a poco me han ayudado a buscar mi camino.

He dado sentido a esta experiancia a golpe de lecturas y conversaciones. Gracias a todas. No se como agraderceros todo lo que habéis hecho por mi. Algunas anónimas, otras con nombres y apellidos.

Y poco a poco esta nueva vida va tomando sentido.

Llegó mi segunda hija. Con ella he podido subrayar las partes más bonitas de la experiencia. Sin duda me ha ayudado a reafirmarme en lo importante de esto que tengo entre manos. Y también me he dado cuenta de que no es para tanto, que no he dejado de exisitir detrás de ellas, ni mucho menos.

Hace tres meses tan solo apareció en casa mi tercera hija. El asombro se agudiza. Es una pequeña personita que se mimetiza muy bien con el entorno, es nuestro camaleón.

A veces parece que no está, pero está.

Como rayos de luz, nos sonríe.

Como un trueno, empeiza a llorar,

porque va dándose cuenta de que es alguien.

Y nosotras también.

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