Dar luz a nuestra nueva vida

Han pasado, más o menos, cuarenta días desde mi parto. A principios de agosto nació mi tercera hija. Un poco más de un mes.

Ese tiempo es fundamental. Deberíamos aprender a saborearlo, mujeres. Aprender a reconocer los ojos del recién llegado. Ver como van despertando a la vida.

Nosotras, que somos cuerpo también, nos  flexibilizaremos, tal vez, hasta límites no conocidos de sueño, de cansancio, de alegría, de tristeza…

Sí, quiero. Quiero adaptar mi vida, mi cuerpo y mi alma a cuidar. Esos días, al menos.

kati

Cuarenta días son, concretamente, los estipulados en muchos lugares del mundo. En todas las culturas que conozco traman un plan para conseguir que durante ese período esos dos cuerpos recién paridos se conozcan y entiendan.

Ya he hablado de ello anteriormente pero recuerdo que, por ejemplo, en la cultura mapuche dicen que si las mujeres paren solas puede venir un mal espiritu entrar en sus cabezas y hacerlas volver locas.

En algunas zonas de la Italia preindustrial se decía que si se dejaban a las mujeres y niños solos después del parto, venían los malos espírtus. Leyendas parecidas se contaban ya en época romana, sobre el peligro de dejar solos a los bebés en sus cunas.
Son peligros reales. Lástima que hoy en día no creamos en los monstruos, porque los hay, y esos primeros días pueden volvernos locas. Estan al acecho. En lenguaje “académico occidental” les llamamos “Depresión postparto”.
Para contrarestar el poder de estos monstruos, en las sociedades preindustriales se puso en marcha una receta bastante sencilla: compañía continuada de mujeres con experiencia y comida específica para el momento. Podríamos probarlo, o adaptar la receta a las nuevas relidades…quién sabe, tal vez incorporar a nuestro hombre en las ayudas, por ejemplo.

Pero en Occidente esos planes quedaron olvidados. Aquí, lamentablemente, no está de moda hablar de cuerpos ni de necesidades físicas. Aquí debemos ser jóvenes, activas e “individuas individuales” lo antes posible. En Occidente eso de los 40 días de descanso y compentración con otra vida no entran en los cálculos.

Bien pues, a pesar de los pesares, en casa estamos terminando con estos días de fragilidad y conocimento. Bien por nosotras.
Después de esos 40 días del encierro hay que volver a la vida social. En las comunidades cristianas la mujer celebraba la reincorporación al cuerpo social entrando a la Iglesia con una vela. Una vela iluminaba su nuevo camino.
Yo también quiero celebrarlo.
Aunque mi cuarentena, con dos niñas más y en plena “sociedad capitalista occidental”, poco ha tenido que ver con el descanso absoluto, creo que también merezco cierta celebración.
Yo y mi niña buscaremos a alguien que nos encienda una vela que nos ilumine, a cada una de nosotras y a nuestra relación.

9 comments

  1. madrexilio says:

    Qué imagen tan hermosa has traído hoy a la luz: “dos cuerpos recién paridos”. Teo leo y casi puedo tocar un fulgor, una luz tibia y resplandeciente. Me has hecho sonreír desde adentro. Desde Budapest les mando a las dos un suave y cariñoso abrazo.

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